jueves, 3 de enero de 2013

De Lucis Adversariis (II)

Hablemos en primer lugar de los demonios. Los hermanos suelen referirse con este nombre a todas las criaturas irracionales, mas aquí nos referiremos solo a aquellas íntimamente ligadas al Infierno, solo inferiores en poder al propio Lucifer. Aparecen a menudo enumeradas por cabalistas y teúrgos, y aunque difieren en el nombre, en la mayoría de los textos que he consultado coinciden sus aspectos más importantes. Ocho son los grandes demonios que las brujas suelen invocar en sus aquelarres, cuando no invocan al propio Lucifer. Estos hacen acto de presencia muy brevemente, al final de los abominables rituales que se llevan a cabo durante horas con el fin de invocar la presencia del demonio al que habrá de entregarse el alma a cambio de que satisfaga una petición. El poder de estas entidades sobrepasa en mucho los límites de lo humano, y por tanto son indestructibles, al menos directamente. Pero no debéis desanimaros, mis hermanos, pues existen maneras de debilitar su poder, y la principal es destruyendo a aquellos que las invocan y las adoran. Al igual que ocurre con todas las demás abominaciones, si se erradican de la mente de los hombres, se atenúa su presencia en el mundo de la luz.

En este caso, pues, resulta inevitable y necesario atacar a todos aquellos que creen y practican el culto a los demonios; pues ellos, con sus prácticas, mantienen a todas las entidades infernales en contacto con nuestro mundo, y dejan de ser en verdad personas, pues entregan volutariamente sus almas. Son gente malvada y depravada que se afilia al Infierno buscando poder, venganza o deseos lujuriosos, sin ningún tipo de escrúpulos a la hora de conseguir aquello que ansían, pues ello no les impide yacer con bestias e incluso sacrificar y devorar a sus propios hijos. Se reúnen en sectas que pueden encontrarse a lo largo de todo el reino, y sus lugares predilectos para la realización de los aquelarres son los claros de los bosques y las encrucijadas de viejos caminos olvidados. Evitan nombrar a Satanás para no despertar sospechas entre sus vecinos, ya que, al igual que nosotros, se ocultan celosamente, y solo llevan a cabo sus maldades durante la noche, especialmente en las noches sin luna; se refieren al maligno como “Magisteruelo”, o “Pequeño Maestro”; así pues, aguzad el oído, y no dudéis en investigar en cuanto oigáis esos nombres. Pero hacedlo con sumo cuidado, ya que entre sus adeptos se encuentran las brujas y hechiceros más poderosos, pues su poder proviene directamente del averno.

La mejor manera de eliminarlos es esperar a que celebren uno de sus aquelarres, aguardar a que se reúnan todos y comiencen con el ritual, y atacarles cuando se encuentren más vulnerables, pero teniendo cuidado de hacerlo antes de que el demonio que pretenden invocar haga acto de presencia, pues de lo contrario las consecuencias serían sin duda catastróficas.

Como hemos dicho más arriba son ocho las entidades que se invocan además de Lucifer. Una secta siempre invoca a la misma entidad, y sus acólitos actúan de manera diferenciada y sufren distintos estigmas.

Empezaré hablando de Agaliaretph, que es el demonio que suscitó la aparición de nuestra orden, pues contra sus adeptos luchamos los cofrades por primera vez. Este demonio suele aparecer en los aquelarres con forma de macho cabrío, y obliga a sus seguidores a besarle el ano después de haber pisoteado la cruz de Nuestro Señor. El ritual culmina con la entrega del hijo primogénito por parte de aquel que realiza la petición. Como la ceremonia se ejecuta en la más completa oscuridad, hay que actuar lo más pronto posible, y hacerlo rápido, ya que cualquier fuente de luz alertará a los que participan en ella. La estrategia más eficaz es provocar su huida arrimándoles antorchas y tenderles una emboscada  en otro lugar, cuidando de que no se dispersen y huyan en distintas direcciones. Pero si se sospecha que hay brujas poderosas en el grupo, lo cual suele ser el caso cuando se trata de los acólitos de este demonio, aconsejo atacar a distancia con una ráfaga de saetas incendiarias, pues la luz debilita el poder de Agaliaretph y sus acólitos, y a continuación lanzarse en tropel hacia ellos aprovechando la luz del fuego provocado. Jamás iniciéis el ataque a ciegas, pues en las sombras que rodean a los invocadores a menudo se esconden horrores sin nombre prestos a devorar a los visitantes no deseados.

A pesar del inconveniente del uso de la magia por parte de los seguidores de Agaliaretph, tenemos la ventaja de que son de los que más fácilmente se pueden reconocer, pues sufren estigmas difíciles de disimular: pierden la sombra, dejan rastro de fuego al pisar la madera, a veces se les ve cubiertos de sangre, otras mantienen sus manos ocultas porque son deformes y parecidas a unas garras, y también pueden tener lengua bífida como las serpientes. Asimismo, he de advertir que algunos de ellos van acompañados de lutines, de los que ya hablaremos cuando lleguemos a los engendros.

No menos temibles son los seguidores del demonio Frimost. A este demonio, al contrario que al anterior, le encanta el fuego, y en quienes le rinden culto se suelen observar graves quemaduras en lugares visibles, como el rostro o las manos, así como numerosas laceraciones en los brazos y el torso. En los aquelarres, Frimost aparece como una figura humanoide de color rojo, con cuernos de ciervo y garras. La ceremonia es especialmente violenta y sangrienta: durante ella se sacrifican no menos de seis víctimas humanas, que mueren quemadas en una hoguera; típica de ella son los fuertes olores que emanan del fuego, que al unirse con el de la carne quemada provocan un éxtasis en los participantes, que no dejan de proferir cantos blasfemos. En la última parte del ritual, los participantes ejecutan una extraña danza en la que se hieren con estiletes. Es ese el momento idóneo para atacar, pues debido a la pérdida de sangre se encontrarán en este punto debilitados, pero hay que tener la precaución de no tardar demasiado, para que el ritual no se culmine y aparezca Frimost, que atacará fulminantemente y no se detendrá hasta que no vea más que muerte y destrucción a su alrededor. También he de advertir que, a diferencia de otros acólitos, estos probablemente optarán por defenderse con sus cuchillos, y que son gente de gran arrojo y valor en el combate, al cual se lanzan de forma suicida con los rostros desencajados por el odio.

Si entre ellos sospechas que se encuentra un hechicero, ten especial cuidado, ya que, aunque no es común encontrarse con ellos, los hay que han aprendido un hechizo muy poderoso, que ejecutan en un instante quebrando una figurilla de cera, mediante el cual provocan la muerte instantánea de aquellos enemigos que tengan a la vista. Guardaos, así pues, si veis estas figurillas, de las cuales suelen fabricar en abundancia. Por lo demás, aparte de las heridas y quemaduras referidas más arriba, no se les conocen otros estigmas.

Al siguiente demonio, Guland, para mi desgracia, lo conozco demasiado bien, pues sufrí su persecución y la de sus adláteres en mi juventud. Guland es conocido como demonio de la envidia, y le agradan los sacrificios de personas superiores en rango a los que las ofrendan, así como las discusiones y traiciones entre amigos. Es portador de mala suerte y de terribles enfermedades que contagia a sus seguidores, en especial la lepra. Quienes le han visto aparecer en los aquelarres aseguran que tiene aspecto de hombre muy alto y demacrado, y que además de su cara tiene otras tres alrededor de la cabeza y pueden salirle más por todo su cuerpo. En cuanto hace acto de presencia, toda la tierra y la vida alrededor de él se marchita y muere a gran velocidad. El ritual solo requiere la participación de dos personas aparte de la víctima, que como hemos dicho debe ser de noble cuna, y a la cual se tortura lenta y dolorosamente durante unas horas; si se hace bien, cuando esté a punto de morir, Guland aparecerá y la descuartizará. La ceremonia, por los gritos que profiere la víctima, difíciles de camuflar, se suele realizar en lugares muy apartados y solitarios, donde nadie acuda a las peticiones de socorro; por esa razón, la más de las veces se celebra en sótanos profundos y bien cerrados, en casas que se encuentran a las afueras de los pueblos. Si sospecháis, entrad en casas que aparenten estar abandonadas, y atacad sin dilación en cuanto oigáis gritos o gemidos: el mismo lugar usado para el ritual será la ratonera en la que caerán esos malnacidos.

Los seguidores de Guland, como hemos dicho, a menudo son portadores de terribles enfermedades, siendo la lepra la más común, las cuales intentan contagiar a todo el mundo. Entre ellos se encuentra el pueblo de los agotes, del que hablaremos cuando nos ocupemos de las razas malditas; son estos más peligrosos que los seguidores corrientes, pues tienen mucha mayor facilidad para lanzar hechizos. Guárdate bien de ellos, pues todo aquel que sufre su maldición muere lentamente, tras muchos años de sufrimiento, como si se fuera pudriendo y marchitando poco a poco. En mis propias carnes he sufrido yo estos tormentos, y de resultas tuvieron que amputarme un brazo gangrenado. No subestiméis a estos implacables enemigos, hermanos míos, solo porque parezcan débiles y enfermizos, pues bajo esa apariencia se hallan seres extraordinariamente longevos y lo suficientemente despiadados como para dedicar su vida a corromper paulatinamente a quienes les rodean.

2 comentarios:

Perso-Rol dijo...

Los perfectos sacrificios a Guland debían de ser en las mazmorras más profundas de un castillo (ahí tenemos a un noble y un lugar perfecto para ello, ¿verdad?).

Estupendo. ¡Esperando el siguiente!
Un saludo.

Archimago dijo...

Así es, un buen lugar si se consigue engañar al noble en cuestión; sin duda, a Guland le placería sobremanera que el noble fuera sacrificado en el mismo lugar que simboliza su poder.

Un saludo.